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lunes, 17 de octubre de 2011

Las canciones son tatuajes

La honestidad no es una virtud, es una obligación
(Andrés Calamaro. Honestidad Brutal)

Hace mucho tiempo comenzamos una canción (a día de hoy inacabada) cuya primera estrofa decía:
                Si Keith Richards levantara la cabeza…
                Si Calamaro perdiera veinte kilos…
                Si por venderme al menos te comprara…
                O tuviera para ponerte un piso.

Lógicamente, como pueden observar, la canción era un simplista Ubi sunt? sobre un tópico del rock tan cansino como cualquiera de los más manidos propios de las estrellas (destrozar hoteles, follar grupis en cadena, morir de sobredosis…): en este caso el del hooligan que se permite despreciar a un artista que, rechazando un pasado indiependiente, auténtico (ay dios) opta por venderse, convirtiéndose en patética caricatura de lo que un día representó y, por tanto, acaba no sólo traicionándose a sí mismo sino también, recórcholis, lo que es peor, fallando al público que un día confió en él. Y al que, claro, tanto debe. En fin, cosas de niños…
No se llamen a engaño: con esto no quiero decir que hayamos madurado y, por tanto, hayamos rechazado una canción tan simplista: seguimos siendo unos putos niñatos y la canción sigue en un cajón simplemente porque abandonamos casi todo lo que hacemos (como habéis podido escuchar, otra canción acaba –por tanto, mintiendo- “Yo que nunca acabé nada/ casi acabo contigo/ yo que nunca acabé nada/ he acabado tu canción”).





Esto viene a cuento porque el pobre Andrés Calamaro, tras una etapa en la que era la viva imagen de la felicidad (no sólo porque, si la felicidad se representa con una curva, él llegó a estar a punto de ponerse en órbita) ha sacudido a la siempre sedienta prensa argentina del corazón-rock (sí, parece ser que la hay) con recientes escándalos que recuerdan tiempos pasados: Andrés mete la pata con la mujer que le aguantaba, daba estabilidad, y cuyo nombre se había tatuado para dar testimonio al mundo de su amor; ella le deja, Andrés se empieza a drogar como una bestia y graba canciones en las que toca todos los instrumentos y canta con voz desagradable mensajes que son descarados llantos en público, puro exhibicionismo gore de corazón abierto , desesperadas y patéticas súplicas de perdón. (Verbigracia: primera canción mandada a los medios: una versión de “Vivir sin tu amor” de Spinetta)
Y sí, somos tan críos que nos creímos todo aquel número en su primera versión. Un poco con el oficialmente consagrado por la crítica Honestidad Brutal (cuyo libreto se cerraba con un arrebatado epílogo explicativo de sólo dos palabras -“Por Mónica”-) y, sobre todo, con uno de, en nuestra opinión mejores discos de la historia de la música pop española (aunque de esto hablaremos en otro momento): el inconmensurable El Salmón, de tanta incontinencia creadora como farlopera.
Y somos tan críos que, pese a todo, vamos a seguir el remake intentando olvidar la desconfianza que Calamaro se había ganado a pulso con el irregular El Cantante, con el mediocre El regreso, con el simplemente bueno On the rock y con el infame El Palacio de las flores.
Porque creemos que Andrés es esa maricona llorona que, cuando quiere, suena más sincero que nadie y es capaz de humedecer a estas mariconas lloronas que le admiramos. Y si no escúchese ese desgarrado “por favor, ¿no ven cómo me estoy hundiendo…?” en “Un Barco un poco”, ese implorante “más hoy que estoy tan sólo y tan cansado de llorar, quiero saber si tú querrías regresar…” en la desesperada “Así”… O, sobre todo, esos vulgares intentos de preserva la dignidad en “Tu pavada” (“por favor, no pares nunca: mi único orgullo es saber que sos tan puta…”) y, especialmente, en quizás la mejor canción que nunca ha escrito, No son horas: “no te olvides que soy grande porque tengo multitudes que me esperan afuera…”
Sin embargo, mi verso preferido de Andrés siempre ha sido uno que para mí condensa esa bipolaridad que avanza a tumbos entre el orgullo y el ridículo (para acabar de dejarlo claro canta a dúo con Maradona) y que reza así: “Hoy me puse mi mejor traje/aunque no había ninguna fiesta:/ la verdad, todavía te quiero/ no me importa lo que te parezca…”
 Y es que el pobre Calamaro, gordo, escuálido, brillante o estúpido, con la voz que Ariel Rot definió como “la del millón de dólares” o con el horrible desafine propio de los últimos tiempos, es, siempre incontinente, excesivo, e inocentemente sincero. En definitiva, ese varón tierno (como le gusta insistir, quizás por un autocomplejo)y sentimental, que no tiene que arrepentirse de que compartan la misma piel el corazón tachado de Mónica con el símbolo de AC/JC por Julieta Cardinali sino que, como ya dijo Joni Mitchell, las canciones son los verdaderos tatuajes y, por tanto, la nueva producción a corazón abierto la única cirugía láser que puede borrar los últimos tropiezos es ese genio que, queremos pensar, no estaba muerto, estaba zampando bollos. Leré.



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